Por: Juan Hernández Machado, Premio Nacional de Filatelia 2012 y Presidente del Círculo Filatélico Cerro
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Puerto habanero, siglo XIX |
Conocer
la historia local es un imperativo de todo ciudadano, si quiere ser cómplice de
los interesantes acontecimientos que tuvieron lugar, cientos de años atrás, en
los lugares por donde transita diariamente, máxime cuando algunos de esos
acontecimientos fueron determinantes para la subsistencia de su comunidad.
Este
es el caso que tenemos en el Cerro de La Habana con la llamada Zanja Real.
En
1566 se comienza a pensar en tener una zanja para llevar el agua potable desde
La Chorrera, área donde surgía el río llamado entonces por su nombre aborigen: Casiguaguas (hoy
Almendares), hasta la villa de San Cristóbal de La Habana.
Para
garantizar que el agua llegara en la cantidad necesaria y con la potencia
adecuada era necesario construir una presa, la cual se materializó como Presa
del Husillo y que fuera terminada, junto a la zanja, en 1592 por el ingeniero Bautista
Antonelli, quien llegara a La Habana en 1589 con el fin expreso de reforzar sus
defensas militares.
Esta
instalación, aunque eminentemente para el abasto de agua, se convirtió en una
institución para el propio desarrollo del territorio y su historia y cultura,
ya que la Zanja Real
aportó la fuerza hidráulica necesaria para el establecimiento de ingenios
azucareros y molinos de tabaco, fundamentalmente, entre los siglos XVI y XVIII.
A
lo largo del trayecto se abrieron ramales y acequias para abastecerlos de agua
al igual que a tenerías, fábricas de velas y de jabones, que también se fueron
estableciendo y le dieron vida y desarrollo al Cerro.
La
presencia de la Zanja Real, que permitía un uso apropiado del agua con fines de
recreación y de mantenimiento a bellos jardines, sedujo a la aristocracia
colonial para construir en el territorio sus hermosas casas quintas, de
exquisitos jardines, estatuas y fuentes.
Debido al daño que todas estas actividades hacían a las aguas de la zanja
y a quejas de numerosos vecinos, para fines del siglo XVIII, el Gobierno de la
isla impuso restricciones a todas esas actividades industriales, feneciendo así
las industrias del azúcar y del tabaco en el Cerro.
Sin
embargo, no solo el agua corría libremente por la zanja: “Por la
Zanja Real flotaron, desde el Cerro hasta
el Real Arsenal, ricas maderas cubanas que vistieron a centenares de barcos”1.
Merece
una breve explicación la referencia a las maderas cubanas que vistieron los
barcos y navegaban a través de la Zanja Real, pues el Cerro también tuvo
importancia en la industria naviera cubana de la época.
Por
una parte, el marino portugués Juan Pérez de Oporto, sucesor de Hernán Manrique
de Rojas como propietario del ingenio El Cerro, era miembro de la Sociedad de Armadores, la
cual suministraba las maderas que se concentraban en el área que hoy ocupan las
calles Atocha y Palatino en el llamado Tumbadero del Rey, para trasladarlas al
astillero habanero.
Por
su parte, el Comandante General de la
Marina española adquirió en 1775 gran parte de los terrenos
que luego formaron el barrio cerrense de Atarés para instalar una gran sierra
que era accionada con el agua de uno de los ramales de la Zanja Real.
Del
astillero habanero saldrían más de un centenar de navíos, fragatas, bergantines
y goletas, destacándose la Nao
Santísima Trinidad (1769), que fuera
la mayor del mundo en su época y portaba 112 cañones.
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Construcción naval en Cuba |
El
15 de septiembre de 1980 el correo cubano puso en circulación una serie de seis
sellos para correo ordinario a fin de conmemorar el aniversario 360 de la
construcción naval en Cuba, la cual incluye en el valor de un centavo al galeón
Nuestra Señora de Atocha, (1620), en
el de tres centavos a El Rayo (1749),
en el de siete centavos al Santísima
Trinidad (1769).
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Veleros cubanos: El Fénix |
El 29
de septiembre de 1989 se hace otra emisión de embarcaciones españolas de guerra
construidas en Cuba, la cual presenta en los valores de uno, tres, cinco, 10,
30 y 50 centavos a El Fénix, Triunfo, El Rayo, San Carlos, San José y San Genaro, respectivamente
Así,
sin bombos ni platillos, la comunidad del Cerro, tanto por la Zanja Real como
por los almacenes de madera e instalaciones de procesamiento de la misma, tuvo
una destacada participación en la construcción y reparación de medios navales
españoles que durante dos siglos recorrieron los mares del mundo.
[1] Leal Spengler, Eusebio: La Habana, ciudad antigua.
Editorial Letras Cubanas, 1988. Página 23.
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